Al cumplir, ok no, en el umbral de mis 30 primaveras me di cuenta de lagunas cosas, muchas de ellas no muy gratas y otras sencillamente maravillosas. El amor que una madre le profesa a su hijo es atemporal. No es que no lo supiera desde antes, creo que más bien, no lo había hecho consciente hasta hace poco. Saber que las cosas opiniones y consejos de mi madre, aunque sesgados en ocasiones por su amor, siempre estarán encaminados a mi bien…entendí, que basta con que “toque a su puerta” y ella de mil amores compartirá conmigo la sabiduría que hay en su alma, un alma vieja sabia que por años ha anhelado que me detenga y voltee a charlar con ella… Los amig@s se cuentan con una mano y sobrarán dedos. Las acciones que realizan, las intenciones con las que llevan a cabo esas acciones, en estos días me dejaron en claro que, en primera, a mí ya no me doran la píldora y que la bella retórica de pueriles años de “somos mejores amigas por siempre y para siempre” valdrá dos céntimos, ...
La visión perfecta que sale de la imperfección.